No estaba dispuesta a aguantar así más tiempo.
Miré hacia arriba. El sol ya había salido y brillaba en el cielo, como una esfera incandescente.
Era curioso como algo así era tan estrictamente necesario: luz, calor, vida...
Pero al mismo tiempo, también era curioso cómo algo así podía ser tan destructivo.
Supongo que eso forma parte de la esencia de todas las cosas...Algo bello puede ser destructivo, pero ese es el mecanismo que utiliza la naturaleza: las cosas bellas nos atraen, hasta que estamos lo suficientemente cerca como para quemarnos, y es entonces cuando sacan todo lo oscuro, cuando ya estás demasiado cerca o fascinado como para huir.
Súbitamente, miré a mi alrededor. Dónde estaba???
Ovbiamente no lo sabía.
Se me había olvidado mencionar que me hallaba con mis padres en Los Ángeles, debido a un viaje de trabajo de mi padre, aunque no entendía por qué me habían llevado con ellos (oh sí, para que no hiciera ''fiestas de esas con orgías y alcohol'' en casa durante su ausencia).
Bien, ahora tenía un problema. Otro problema.
De acuerdo, quizás fuese el momento de huir de todo. Al fin y al cabo, ya me había escapado no? Era el momento de ser libre, de olvidarme de todo, de empezar una nueva vida, desde cero.
Ovbiamente les avisaría de que estaba bien, pero no aún. Prefería que sufrieran un poco ante la perspectiva de que me hubiera pasado algo. Quizás así se dieran cuenta de algo, por mínimo que fuera.
Sí, les dejaría sumergirse en la incertidumbre total y absoluta.
Bien, había un problema ante esa perspectiva de huida no planeada: no había cogido dinero, ni abrigo, ni ningún recurso que por supuesto, me haría falta. Y por si fuera poco, el sueño estaba empezando a invadirme y a hacerse cargo de mí cuerpo, que ya no me respondía.
Sólo podía sentir mis párpados, como dos lápidas que caían pesadamente sobre mí.
Sin importarme nada, me acurruqué en el rincón en el que momentos antes había derramado mis lágrimas y dejé que el dulce Orfeo se apoderará de mí con su lira.
No sé cuantas horas pasaron, pero cuando abrí los ojos, volví a encontrarme bajo esa cúpula estrellada en la que me había refugiado el día anterior.
Saqué el paquete de tabaco y cogí un cigarro. Sólo quedaban 3 más. Definitivamente, debería poner fin al problema del dinero cuanto antes, pues además del mono que podría producirme la falta de nicotina y alquitrán en mi sangre, mi estómago rugía pidiendo algún tipo de alimento que en esos momentos no podía proporcionarle.
Me levanté, y comencé a caminar.
Ante la perspectiva más optimista que en ese momento albergaba (estaba comenzando mi camino hacia ninguna parte, con el único objetivo de encontrarme a mí misma y conseguir mi libertad) la ciudad se presentaba ante mis ojos con una belleza que no había podido apreciar la noche anterior, sumida en mis delirios.
Las farolas de formas curiosas se levantaban ante mí, iluminando el camino. A un lado y otro de la calzada había parques oscuros de frondosos árboles, casi sin hojas, por hallarnos en un final de otoño bastante frío.
Me interné en un parque cercano, con la idea de buscar cobijo entre algún arbusto o matorral en el que poder pasar la noche. Caminé entre pequeños caminos de tierra, crucé un puente de madera que se levantaba sobre un estanque bajo y finalmente llegué a un claro oculto entre varios árboles, que se alzaban desnudos, extendiendo sus ramas hacía el oscuro cielo.
Miré a mi alrededor. Nadie.
Me senté, respiré hondo, y me tumbé hacía atrás.
Realmente, tenía hambre. mucha hambre.
Creo que de repente y sin avisar, como era su costumbre, mi coraza volvió a desmoronarse. No entendía por qué tenía que verme en una situación así, por qué había tenido que huir de casa para conseguir un poco de libertad, por qué no podía ser alguien normal.
Crujido. Había oido un crujido.
Otro.
Alguien se acercaba.
Sequé mis lágrimas y me puse a la defensiva.
Se acercaba cada vez más.
De repente un gato salió de entre la maleza, y me miró con unos ojos reflectantes que le daban un aspecto algo espeluznante.
Se acercó, y me ronroneó.
Creo que se me dibujó una sonrisa en la cara ante el contacto con el animal. Me encantaban los gatos y éste era el primer contacto cálido que tenía en varias semanas.
Me levanté, y el gato me siguió, sin apartar de mí esa profunda mirada.
Continué andando por el parque, con una mezcla de miedo e intriga en mi interior, ante la perspectiva de que una adolescente de 17 años fuera hallada completamente sola caminando por un parque, lo que podría suscitar ciertas tentaciones en vagabundos y drogadictos que por allí se hallaran.
De pronto, oí algo. No sabía qué era. Me acerqué.
Aún no era capaz de distinguir qué pasaba.
Pero me llamaba la curiosidad. A gritos esta vez. Así que seguí avanzando con cautela.
Cuando me hallaba lo suficientemente cerca como para que mis ojos, acostumbrados ya a la oscuridad, pudieran distinguir algo, sólo pude divisar el contorno de una figura echada hacia adelante, abranzando sus rodillas. De vez en cuando, esa figura daba un puñetazo al aire o suspiraba con rabia.
En ese momento sentí una conexión con esa figura sin identificar que, no obstante, me resultaba vagamente familiar.
Me acerqué más, y súbitamente, la figura se volvió, mirandome con unos ojos azules que yo conocía muy bien.
No podía creérmelo. No. No. No. No podía ser.
Me quedé absoluta y completamente paralizada. No podía mover ni un músculo.
Reconocía muy bien ese pelo lacio, negro, un tanto grasiento, que le llegaba a la altura del pecho. Reconocía a la perfección esa delgadez suscitada por el consumo de drogas sin medida.
Esa nariz un tanto puntiaguda que sobresalía medianamente de una cara alargada. Esa boca que en ocasiones se curvaba en una sonrisa un tanto maquiavélica y que otorgaba al sujeto una expresión peculiar. Reconocía esos pequeños lunares distribuidos aleatoria pero equilibradamente en su rostro.
Y reconocí (cómo no) sus ojos.
Sus ojos. Azules. Azules brillantes. Esos ojos hundidos, abiertos, sobre cejas pobladas, pero que irradiaban un brillo inigualable.
Nunca me habían gustado especialmente los ojos azules, me parecían fríos, sin ningún tipo de calidez, simplemente me recordaban a témpanos de hielo que penetraban con la mirada a aquellos que osaran mirarlos fijamente, en un acto de prepotencia y superioridad.
Menos esos ojos. Esos ojos que, normalmente, miraban curiosamente a su alrededor. Esos ojos que, en esos momentos, me estaban atravesando y que me hacían sentir desnuda ante su propietario.
Esos ojos eran de un azul no demasiado claro, con pupilas dilatadas, y desataron un terremoto en mi interior, que yo no dejé entrever.
Estaba paralizada.
Pues esos ojos, desprendían, a pesar de la oscuridad, muchísima luz. Demasiada luz.
Una luz cegadora.



No hay comentarios:
Publicar un comentario