Y allí estaba, sentada en el suelo con la espalda apoyada contra aquella pared desnuda, de ladrillo, que ahora hacía que mi dolor se hiciera un tanto físico también.
Intentaba luchar desesperadamente, una y otra vez, pero sentía que cada vez me costaba más, como cuando un pájaro trata de levantar el vuelo con un ala rota.
A veces, hasta tenía que luchar contra mí misma, tal vez para no razonar y obedecer a las leyes que no hacían más que dictarme.
Por eso y mucho más, había creado aquella barrera que minutos antes se había desmoronado por primera vez en mucho tiempo.
Para poder luchar por más tiempo.
Para poder sentirme mejor, conmigo misma y con el resto del mundo.
Para no poder mostrar la debilidad que a veces afloraba en mi, queriendo salir a la superficie.
Para poder plantarle cara a toda esa gente que no hacía más que pensar que tenía cierto poder sobre mí.
Para...en resumidas cuentas, para TODO.
Y en aquel momento me había quedado libre de toda defensa.
Miré fijamente a la nada, ya que todo estaba completamente oscuro y no conseguía ver nada a través de la espesa oscuridad.
Sentí un dolor agudo en uno de mis brazos, supongo que se me había levantado la piel al roce con el ladrillo, aunque no me importaba en absoluto, es más, preferiría levantarme toda la piel del cuerpo, sangrar, tal vez para así morirme desangrada, ya que en esos momentos ya no me sentía bien para nada. Ni para vivir, ni para luchar. Para nada.
Sentí como una lágrima discurría por todo mi rostro, llegando hasta mi mentón y luego cayendo de allí sobre mis piernas.
Y seguí llorando. Hasta quedarme sin lágrimas.
sábado, 20 de junio de 2009
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